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ComentarEnviar a un amigoImprimir Textos Gonzalo De Martorell
1. Editorial
Normalmente soy muy crítico con el Ayuntamiento de Barcelona, al que en repetidas ocasiones he acusado de“doble moral” respecto a la moto; presumir en público de ser la capital europea de las dos ruedas pero no hacer realmente nada para favorecer su uso.
Por eso mismo, es de justicia que felicite al consistorio de la capital catalana por haberse atrevido -esta vez, sí- a plantear una propuesta innovadora como es la de colocar en algunas calles de la ciudad parrillas específicas para motos en los cruces de los semáforos. Es una medida en fase de pruebas cuyo resultado práctico habrá que contrastar y que, obviamente, no puede universalizarse. Pero el mero hecho de intentarlo merece un ya aplauso, habida cuenta que se trata de una reivindicación relativamente nueva pero que se ha mostrado muy eficaz en aquellas ciudades europeas -como Milán o Paris- en las que se ha puesto en práctica. Todo lo que sirva para separar motos de coches es bueno a la hora de reducir siniestros. Es la primera vez en muchos, muchísimos años que el Ayuntamiento de Barcelona pone en práctica una iniciativa exclusivamente destinada a la moto (lo cual, por cierto, no deja de ser paradójico en la segunda ciudad europea con más motos). Y los tramos en prueba se limitan exactamente a tres calles. Repito: tres, calles. Pese a eso, por supuesto, casi de inmediato ya se han levantado voces en contra, provenientes de los de siempre. Incluso un representante de nuestros queridos amigos los ciclistas se atrevió a opinar sobre el tema en un periódico, esperando que la medida en cuestión “no sirviera para promocionar el uso de la moto”. Que me pregunto yo porque el susodicho señor de los pedales se atribuye la capacidad de decidir quién puede o no circular por Barcelona...
El caso es que el reproche ha sido el mismo: “para llegar a la parrilla hay que zigzaguear entre coches”. Pues si, digámoslo claro: en la medida que la física y el sentido común lo permitan, habrá que zigzaguear entre coches. Pero ¡narices! es que en moto, por ciudad, se zigzaguea entre coches. Seamos realistas y políticamente incorrectos de una puñetera vez y dejemos de plantear escenarios urbanos ideales: si, señores, las motos en la ciudad ratoneamos y pasamos por el carril-bus. A eso se le llama, precisamente, “ir en moto por la ciudad” y en ese hábito radican sus ventajas. Obviamente hay que hacerlo con prudencia y con sentido común... pero esa es la realidad y negarla no va a servir para que funcionen mejor las cosas. He tenido la inmensa suerte de dedicarme a un trabajo que me ha permitido ir en moto por medio mundo; desde las grandes capitales europeas a lugares tan diferentes entre si como Rabat, Ciudad del Cabo, Taipei, Tokio, Nueva York o Las Vegas... y en todas, absolutamente en todas ellas, las motos zigzaguean entre coches. De un modo más ordenado o de un modo más anárquico... pero zigzaguean. Es imposible plantear soluciones realistas partiendo de supuestos no realistas. Y esa es la realidad. Los motoristas urbanos pasamos entre coches.
De lo que se trata ahora no es de negar lo evidente sino lograr que esta realidad cotidiana se canalice adecuadamente y permita convivir con las otras realidades del tráfico urbano. En ese sentido -sigamos hablando claro- la utilización del carril-bus es el otro paso inevitable que, tarde o temprano, tendrán que atreverse a dar en el Ayuntamiento barcelonés. Porque urge elevar a categoría de legal lo que en la calle es normal. Permitir el uso compartido del carril-bus separará, igualmente, a las motos del grueso de automóviles y complementará las referidas parrillas exclusivas, ya que permitirá a las motos llegar hasta ellas sin ese zigzagueo que tanto molesta a los no motoristas.
1. Editorial
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