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Ruta por Les fonts del Llobregat
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A las 8, 30 h. de la mañana me dirigía hacia el parking a recoger mi inseparable X-9 cuando caí en la cuenta de que tendríamos gente nueva en el grupito, por un lado un compañero de trabajo de Bea, “Xepis” con su inevitable Burgman 400 K-7 y Ramón y Cintia, vecinos y amigos de Montse, a los cuales conocería de inmediato, pues estaba dirigiendo la rueda delantera de mi Mega hacia casa de Montse, ya que esta salida se viene conmigo.
Cuando llegué a mi destino y vi la CBR 600 gris y negra aparcada en la acera no pude dejar de preguntarme cómo encajaba una moto como ésta en medio de tantas naked, semi-naked, GT’s y megas de todo tipo. La verdad es que tanto la CBR como Cintia y Ramón (y Xepis, por supuesto) encajaron de coña en el grupito, pero no adelantemos acontecimientos. Desde casa de Montse y con la CBR detrás de mí (toda una novedad pues las CBR’s suelen ir siempre delante mío) nos dirigimos a Lluïsos, que es donde quedamos siempre para salir. Una vez en Lluïsos, poco a poco fueron llegando el resto de nuestro reducido grupo de amigos, Francis y su Beverly 500, su hermano Tom y su Geopolis 250, Lluís (también hermano de Francis y Tom) con su CBF 600 S y, por fin, Bea con su YBR 250, seguida de Xepis y su flamante Burgman 400.
Una vez hechas las presentaciones nos encaminamos hacia Granollers para seguir ruta arriba por Aiguafreda, Vic y Torelló hasta llegar a Ripoll, el cual bordeamos sin más para acercarnos al restaurante en el que queríamos parar a desayunar. Pero nuestro gozo en un pozo, estaba cerrado. Decidimos tirar hasta Ribas de Freser y desayunar en la población. Así lo hicimos y aprovechamos para conocer mejor a los “nuevos”. Entre charla y charla, Francis tuvo que poner fin a las conversaciones pues se nos echaba el día encima. Obedientes como corderitos salimos del restaurante y tomamos nuestras monturas, estábamos expectantes pues el tramo al que nos enfrentábamos era la famosa Collada de Tosas. Al rato de curvear empecé a notar como si el motor de mi X-9 perdiera potencia, y esto, sumado al peso de mi nueva pasajera (ahora llevaba detrás de mí a Cintia, que se animó a probar la legendaria comodidad de los megascooters GT’s), propició que mi ritmo bajara de forma notable, con lo que empecé a dar paso a la gente que llevaba detrás.
Rumiando para comprender lo que pasaba llegué a la conclusión de que la altura (1.800 metros) estaba afectando a la carburación de mi moto (los X-9 250 van con carburador) y eso y la subida ralentizaban el ritmo, pero así y todo todavía llevaba al prudentísimo Tom y su flamante Geopolis 250 (ésta sí con inyección) muy lejos ahí detrás. Cuando llegamos al cruce de la collada con la carretera de la Molina y Castellar de N’Hug, nos paramos para reagruparnos. Cuando llegó Tom, Xepis y yo cambiamos de montura y así Cintia comprobó que no sólo mi X-9 era mucho más cómoda que la CBR, sino que también el Burgman lo era de largo (cada moto está construida para lo que está y la CBR es una deportiva, no hay que pedirle peras al olmo).
La carretera de acceso a Castellar de N’Hug es preciosa, sus curvas maravillosas y de bajada y su paisaje acompaña, pues al ser de alta montaña es bastante raso y no tiene árboles ni matojos que desvíen tu atención del asfalto. Al llegar a nuestro destino dejamos las motos en un parking construido expresamente para los visitantes de “les Fonts del Llobregat”, ya que éstas, junto con los concursos de “Gossos de Tura” son el máximo atractivo de la población. El paseíto de bajada hasta las fuentes sirvió para seguir hablando de motos (¿de qué si no?) y tras admirar los espléndidos chorros de agua que salen con fuerza de las paredes cavernosas, creando unas pequeñas pero hermosas cascadas, y después de hacernos las fotos de rigor con las cascadas al fondo emprendimos el camino de regreso. Esta vez, cuesta arriba, se hizo algo más pesado y a algunos empezó a faltarnos el resuello al llegar a los últimos metros de la subida.
Comimos en el interior del pueblo, el cual visitamos antes de sentarnos a la mesa. La comida, como siempre muy bien y en buena compañía. Por la tarde y al regresar hacia Barcelona, Tom cambió su Geopolis 250 por mi X-9 durante un tramo de curvas muy reviradas y me lo pasé de muerte con él, ya que a su estabilidad de ruedas altas hay que añadirle un peso muy contenido, que le otorga una gran agilidad, lástima que sea sólo un 250 cc. En Berga paramos a repostar y a vaciar vejigas los que lo necesitaron, tras lo cual emprendimos el camino de regreso hasta Manresa, Martorell y de nuevo a Barcelona, destino último de nuestra salida.
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