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Prueba: Hyosung Comet GT250, mi primera vez
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ComentarEnviar a un amigoImprimir Textos Ivan Bolaño
Las primeras experiencias suelen calar hondo. Por eso no consigo expresar con absoluta fidelidad lo que supuso para mí un estreno tan deseado. Con el carné A provisional todavía en el bolsillo, tomé la alternativa y me decidí a ‘torear’ por primera vez una moto de más de 125cc. En el ruedo, la Hyosung GT250i...
“Alégrame el día”, respondí al teléfono. “Ya puedes pasar a recoger cuando quieras tu carné provisional”. La voz al otro lado de la línea provenía de la autoescuela, y era la misma voz que días antes, nada más aprobar el último examen práctico, me había advertido de la prohibición de conducir motocicletas sin poseer, al menos, el carné provisional. Tras varios días de espera, por fin, mi cartera se abría de par en par para alojar a su nuevo huésped. El permiso de conducción A, necesario para emigrar más allá de los 125cc, me inundó de felicidad y reposó en mi bolsillo esperando tomar la alternativa... ¡Ya podemos torear!... Pero, ¿con qué empezar? Me pregunté. La respuesta llegó otra vez por vía telefónica. “Disponéis de la nueva Hyosung GT250i de prensa para Motoviva”, me confirmaba Joaquín Cuñat, coordinador de ventas de Hyosung Ibérica. Así fue. Mi estreno ya tenía fecha, hora, nombres y apellidos.
Fabricado por la firma coreana para proporcionar diversión y experiencia a quienes comienzan a internarse en el mundo de las dos ruedas o a quienes, pese a acumular años de kilómetros, se ven atraídos por su accesibilidad, la Hyosung GT250 es una naked de gran montura y línea atractiva. Mi ansia por conducirla no me dejó pararme en los detalles la primera vez que la vi aparcada en el garaje de la redacción. Normalmente, ante un nuevo scooter de prueba, me suelo detener unos minutos a examinar en parado su estética y acabados, abriendo el maletero, las guanteras, fijándome en la instrumentación, la calidad, las novedades... Es como un ritual de supervisión. Pero esta vez fue diferente, el cuerpo me pedía desesperadamente subirme a ella, como quien está en la larga fila de una montaña rusa, contando los segundos, esperando su turno, y cuando llega el momento de subirse, una extraña mezcla de exaltación y nerviosismo empaña su mente y acelera su ritmo cardíaco... así estaba yo, ávido de sensaciones... y no gasté ni en segundo en mirarla. Simplemente me acomodé en su sillín, giré el contacto, pisé primera y abrí gas.
Zambullido en la ciudad, los obstáculos urbanos ralentizaban nuestra marcha. No era un problema para mí, consciente de que tan sólo era la amarga espera, la calma previa, como esos eternos instantes sobre el vagón del “Dragon Khan” en la primera ascensión, justo antes de encarar la primera y terrorífica bajada. Pero a la Hyosung no le hacía mucha gracia, estaba incómoda entre tanto tráfico, y allí, en un escenario que no es el suyo, no despliega grandes encantos. Está claro que no es un vehículo funcional, tampoco lo pretende, y la posición de conducción no está ideada para descansar en los semáforos. Primera, segunda, punto muerto... primera, punto muerto... primera, segunda... casi tercera... pero no, punto muerto... las marchas se engranan infinitamente con cada stop, ceda, paso de peatones, disco rojo... el bicilindro protesta en cada reducción y sus 249cc sólo encuentran descanso en las avenidas rectas, donde el potencial de este propulsor nos permite adelantar con una inusitada eficacia y en donde, sin exceder la velocidad máxima legal, supero en un parpadeo cada situación. Entonces empiezo a responderme la pregunta que me persigue desde hace años ¿Qué hay más allá de los 125cc? ¿Qué se esconde tras esa cilindrada? Las repuestas comenzaron a llegarme sobre la Hyosung. Allí encontré las primeras sensaciones reales sobre una moto, la razón de ser de cada ingeniero, de cada mecánico, de cada taller y de cada tuerca. Allí entendí por primera vez lo que supone abrir gas con precaución, utilizar el freno motor, optimizar las revoluciones del propulsor, gestionar la frenada, percibir el recorrido de las suspensiones, controlar mi cuerpo, las inercias, el calor de los hierros, la inclinación o el escaso ángulo de dirección. Allí entendí el verdadero significado de “conducir” una motocicleta.
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La verdad es que es una moto que va muy bien. Yo tengo una desde hace un mes (en blanca como la del artículo pero con todo el motor negro) y a parte de ser preciosa, va de fábula. Aceleración, frenada, estabilidad... claro que es nueva, tiene que ir bien! Precio asequible y no da problemas.