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Scooter club: el castillo de Calafell
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A pesar del frío reinante, más propio del mes de enero que de finales de otoño, quedamos como siempre unos amigos y yo para salir a hacernos unos kilómetros en moto y conocer un poco más nuestro hermoso país. Esta vez, nuestro destino era el castillo sito en la encantadora población de Calafell (Tarragona). Más abrigado que de costumbre, pues uno ya es perro viejo en esto de viajes invernales, e imaginando que el carenado de diseño que lucía la moto que tenía que conducir en esta salida -el de la DN-01- sería poco efectivo, suponía que el frío sería (como así fue) el eterno compañero de esta ruta. Para conseguir dejar atrás toda la cantidad de cemento y vidrio que te rodean continuamente en una gran ciudad tomamos la autovía de Castelldefels que circula paralela (más o menos) a la costa y por la cual no puedes circular a más de 80 km/h. El tramo en cuestión es siempre un “coñazo”, pero una vez superado nos encontramos con un dulce premio: “Les Coste de Garraf” unas curvitas muy entretenidas con unas vistas al mar impresionantes, y hasta con un edificio de Gaudí a pié de carretera, lo que compensa de sobras el aburrido tramo anterior. Una vez en Sitges, seguimos la nacional sin entrar en la bella población sede del “Festival internacional de cinéma Fantàstic” y continuamos por la carretera hacia el sur, siempre bordeando la hermosa costa catalana.
Llegamos hasta Vilanova i la Geltrú, para dejarla atrás también y acercarnos a la hermosa población de Calafell que era nuestro destino, ya que aquí se halla situado, en lo alto de una colina, dominando la villa, el Castell de la Santa Creu. Paramos en Segur de Calafell, al lado de la Playa a desayunar. Un buen bocata, de los que engordan de verdad (lomo, cebolla y queso fundido, hum…), una cervecita sin y a la calle. Ahí, con la playa y el mar agitado de fondo, mis compañeros de ruta probaron el DN-01 y se intercambiaron monturas unos con otros. Una vez satisfechas todas las curiosidades moto-scooteras nos dirigimos sin tardanza al castillo, que después de todo era nuestro destino. Como buen castillo que se precie, acceder a él pasa inevitablemente por una cuesta arriba importante (esto lo hacían expresamente para frenar la velocidad de los atacantes, el castillo está casi todo reconstruido y, lógicamente, tiene unas vistas estupendas de todo el pueblo de Calafell, de Segur de Calafell, y por supuesto del mediterráneo, que ha estado omnipresente en toda nuestra salida. Entramos en la iglesia del castillo que en su suelo, acristalado para la ocasión, muestra tumbas de personajes importantes de aquella época. Es pequeña y está reconstruida, se ve que se utiliza de forma esporádica pues en un rincón había bastantes sillas plegables amontonadas. Al salir de la iglesia nos dirigimos al costado más marítimo del castillo donde encontramos un pozo que nos invitaba a entrar. Así lo hicimos y, tras bajar unas angostas escaleras, nos hallamos en una gran sala subterránea que no era otra cosa que la cisterna del agua del castillo reconstruida como sala de exposición explicativa del mismo. Una vez satisfecha nuestra curiosidad y tras abandonar la sala, nos dirigimos al patio de armas desde el cual salimos al exterior del castillo impresionados por lo bien restaurado que lo han dejado y por lo cara que es la entrada (todo hay que decirlo). La vuelta al redil transcurrió sin más incidentes. En invierno salimos sólo medio día. A comer, a casa. Fuimos por el interior, de Calafell hasta Bellvehí, luego Vilafranca del Penedes, les Cabories, y al poco rato empezamos a subir el Puerto del Ordal (último tramo divertido antes de llegar a Barcelona). Atravesamos la población de Vallirana y desembocamos en la autopista de acceso a la ciudad, limitada a 80 km/h. Han conseguido reducir los accidentes con esta medida, sí, pero cómo nos han “jorobado” las salidas y llegadas de nuestras rutas. En fin, todo sea por la seguridad en las carreteras (a ver si arreglan los guarda-raíles de una vez…¿no?).
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