Vespa  
ComentarEnviar a un amigoImprimir Textos Jordi Bonany
Tenemos una segunda residencia en un pueblo pequeñito en el interior de Catalunya, es sencilla pero suficiente, y es nuestra, solemos ir de vez en cuando algunos fines de semana, las semanas santas y los veranos con los niños y las abuelas, en coche (naturalmente). Antes de tener niños viajábamos mucho por esa zona, con el pueblo como punto de partida y además puedo aseguraros que nos conocemos bien todas sus tortuosas carreteras, en moto naturalmente, pero no es de esto de lo que quería hablaros ahora, sinó de algo más reciente. Os cuento:
Durante el último año y en todos nuestros despalzamientos al pueblo observé algo curioso al entrar en la última población antes de llegar a la nuestra: siempre, invariablemente, fuera la hora que fuera de la tarde o de la mañana, justo delante de la primera casa del municipio, aparcada en la acera estaba una Vespa antigua, una “Primavera” o algo así. Situada medio de espaldas a la carretera con portapaquetes y pintada de un color indefinido. Ni blanca ni azul, ni marrón ni roja, como un naranja-grisáceo descolorido por el uso, el sol, la lluvia; el viento, las heladas y el tiempo transcurrido. No creáis que estaba abandonada, no, al menos no lo parecía.
Era vieja, sí, pero en perfecto estado de uso, ya que no se aglomeraban hierbajos bajo su panza; ni polvo encima de su asiento, o esto es lo que se apreciaba desde dentro del coche, cuando entrábamos en el pueblo, sin correr pero sin parar a mirarla de cerca. Pues bien, esta Vespa tan inofensiva y tan anónima, llegó a convertirse en una de nuestras “referencias de viaje” (aquellos pequeños detalles que convierten un viaje repetido con cierta asiduidad en algo cotidiano, familiar). Con los niños, cuando llegábamos a las afueras del pueblo de la Vespa siempre nos preguntábamos: “¿Estará hoy?”, o bien “¿la habrán aparcado en otro sitio?” Pero no, ahí estaba ella, siempre fiel a nuestra cita, siempre en el mismo lugar, como esperándonos para saludarnos cuando pasarámos, y eso llegamos a hacer nosotros, saludarla al pasar y decirle: “Adiós Vespa, hasta la próxima vez”.
Repito que esto sucedió durante aproximadamente un año, que pueden ser unos 8 o 10 viajes de ida y vuelta al pueblo, entre fines de semana y vacaciones. Y ella, con su color indefinido y su pequeño misterio, siempre estuvo allí, coqueta, medio de espaldas, esperándonos, Hasta este último fin de semana, hacía ahora más de tres meses que no subíamos al pueblo por culpa de las Navidades, partidos de baloncesto de los niños, compromisos, etc. Y sucedió, cuando pasábamos por el último pueblo antes del nuestro, cuando miramos a la derecha esperando verla, cuando nos hacíamos las mismas preguntas de cada vez... nos dimos cuenta: ¡No estaba! ¿Cómo era posible? Inmediatamente miramos alrededor, por si la habían aparcado en otro sitio, pero no. Definitivamente no estaba, había desaparecido. Estuve a punto de detener el coche para preguntar por ahí si alguien sabía algo de ella, pero viendo que los niños no reaccionaban de ninguna manera, como si les diera igual, y como además llovía, me hice las típicas reflexiones de adulto: ¿Qué vas a preguntar? ¿Por una vespa aparcada ahí? Te van a tomar por un excéntrico turista un poco loco. Total, que no paré y continuamos nuestra marcha hasta nuestro pueblo, done pasaríamos el fin de semana.
Saludamos a la misma gente de toda la vida y el domingo volvimos a la ciudad, como siempre. Es ahora, lunes por la mañana, sólo en el estudio y delante del ordenador, acabando el diseño de un catálogo de un cliente, cuando de repente, me ha venido a la memoria esa Vespa tan inofensiva, tan anónima. Me he dado cuenta de que ya no volverá a formar parte de mi vida, de que ya no la veré más al pasar por el último pueblo antes del mío. Y es curioso, se que no tiene ninguna importancia, se que la vida sigue, pero mira tú, estoy un poco “depre” por ello, porque ya nunca más veré esa Vespa en mi camino.
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